Las puertas del cielo son tan grandes que, para defenderlas, Dios tuvo la necesidad de contratar a un portero de la calidad de José Luis “Gato” Lugo.
Así es como quiero explicarme los motivos de tu partida.
De pronto, toda tu historia se nos viene a la mente, esa que comenzaste a escribir cuando decidiste jugar al futbol.
Para despedirte, te vinieron a ver los amigos que te llaman “Ronco”, esos con los que compartiste tremendas tardes de calle, balones de cuero, tierra, cal y piedras que dan forma al llano futbolero.
También, los que te conocieron como “Gato”, que vitorearon tus tardes de gloria en el profesionalismo, desde tus primeros pasos con el Club León y sobre todo como cancerbero del equipo que no quería perder, tu amado Unión de Curtidores.
¡Cómo me hubiera gustado verte en aquel 4-4 en el primer clásico que jugaste contra el León! Tenía apenas dos años de edad.
Te recuerdo mucho en La Martinica, tu casa, entre los carajos de “La Tota” y con tus compañeros a los que ahora te unes.
Así mismo, te tengo presente con tu pants de México y ese bonito suéter amarillo de la Selección Nacional. Se te veía muy feliz. Así viviste, siempre orgulloso de ser futbolista.
Con todo esto, aparecen las imágenes de tu retiro. Perdiste 3-0, hincado mirabas la portería tras recibir el último gol. Dijiste ya no más, aunque no sabías que aquel silbatazo final solo era el inicio de tu grandeza, porque como entrenador fue lo que encontraste.
Te significaste como un excelente escudero de don Toño Carbajal en el Morelia, un equipo al que le tomaste un cariño muy especial reservándole un amplio espacio en tu corazón.
Desconozco cuántos equipos dirigiste, los minutos que pasaste en una cancha de futbol y el número de jugadores que formaste. Lo único que puedo constatar, es que hoy todos ellos están agradecidos contigo.
A estas alturas de tu vida, tus manos, tus rodillas y tus músculos reflejaban la pasión con la que te entregaste a tu profesión.

He sido bendecido por estar en tus últimos instantes. Te di un beso en la frente, te expresé un te amo y te dije: Eres un guerrero. Con la mirada me diste a entender que lucharías como el portero que nunca quería perder. Digno, estoico y cabal hasta el final.
Con la conversión que te da esta nueva vida, seguramente todo en ti ha sanado y te has puesto ya tus medias y shorts de color blanco, tachones negros, guantes de cuero y el suéter azul marino con vivos blancos y el escudo del Curtidores en el pecho desgastado por las lavadas. Siempre elegante.
Me imagino que estás en un lugar bonito. Así que date tu tiempo.
Ataja la luna con tus manos, haz un despeje con el sol hasta el infinito, toca con los puños todas las estrellas y lánzate entre las nubes, mi querido “Gato”.
¡Vuela, papá, vuela alto!

